La historia reciente demuestra que, cuando se moviliza un poder militar, en este caso los Estados Unidos y también lo vimos con Rusia contra Ucrania, la decisión política ya está tomada. Y Venezuela, en este sentido, no ha sido una excepción, sino una pieza más dentro de un tablero mucho mayor.
La caída del régimen de Nicolás Maduro no puede analizarse únicamente como un asunto interno venezolano ni como una cruzada moral en la lucha contra el narcotráfico. El reemplazo de un régimen implica, casi siempre, la instalación de otro alineado con los intereses del vencedor. En este caso, un nuevo orden político que facilite estabilidad para la inversión extranjera, una posición geográfica clave en el Caribe y Sudamérica, poner a Venezuela en la misma línea de Argentina, El Salvador, Paraguay, afines al gobierno de Donald Trump y a sus políticas, y a la vez, tener acceso a los enormes recursos naturales del país: petróleo, gas, minerales, ya que Venezuela posee una de las mayores reservas de petróleo pesado del mundo, y el lago de Maracaibo ha sido históricamente el corazón energético del país. Allí se extraen principalmente petróleo y gas natural, recursos en los que China ha tenido intereses directos durante años mediante acuerdos de financiación, explotación y suministro energético. Un cambio de régimen que rompa esos acuerdos afecta de manera directa a Pekín, no solo en términos económicos, sino estratégicos.
Ese desplazamiento de China en América Latina puede empujarla a reafirmar su poder en otros escenarios críticos, y Taiwán aparece de inmediato como el punto más sensible. Cuando una potencia percibe que retrocede en un frente, suele compensar avanzando en otro. También Rusia –así como China- se ve afectada por este movimiento reciente en Venezuela, perdiendo un país que no era un aliado militar formal, pero si un socio estratégico clave en el hemisferio occidental y como plataforma de presión sobre Estados Unidos.
Así, el reordenamiento en Venezuela no es un hecho aislado, sino una ficha que acelera tensiones globales ya existentes en otros lugares del mundo.
Tras Venezuela, el foco se desplaza inevitablemente hacia otros gobiernos de izquierda en Latinoamérica y Centroamérica: Nicaragua, Colombia, México y, por supuesto, Cuba. Países que, por su orientación política o su valor estratégico, entran en una zona de riesgo creciente. El mensaje de Estados Unidos es claro: quien no se alinee con nuestras políticas, queda expuesto.
Por lo tanto encontramos como el mundo se está polarizando en dos frentes, por un lado Estados Unidos como potencia principal y todos sus aliados: Europa principalmente (que en breve veremos como los gobiernos de izquierdas irán cayendo dando lugar a la derecha y ultraderecha, afines al gobierno Norteamericano), Israel, principal aliado de los Estados Unidos y Latinoamérica que irá cayendo poco a poco en los países de izquierdas, ya sea a través de elecciones, golpes de estado o intervenciones directas de los Estados Unidos, y por otro lado el bloque oriental, donde estarían Rusia y China a la cabeza, juntamente con todos sus aliados (Irán, Irak, India, Yemen, etc).
Toda esta tensión política que vemos ahora irá en aumento. Por un lado Rusia presionará a Europa, a la vez, el Islam seguirá arremetiendo cada vez con más intensidad en el continente europeo a través de terrorismo. Ahora bien, ¿sabías que el fondo de toda esta cuestión es puramente religiosa?
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