La Biblia declara que la creación misma da testimonio de la obra de Dios, y que su poder puede entenderse a través de lo que ha sido hecho (Romanos 1:20).
Cuando observamos las grandes capas sedimentarias de la Tierra, encontramos evidencias que armonizan con ese testimonio bíblico.
En muchos lugares del mundo se observan capas de sedimentos perfectamente horizontales, rectas y continuas, extendidas por enormes distancias. Estas capas aparecen una sobre otra sin mostrar señales claras de erosión prolongada entre ellas. Si entre cada capa hubieran pasado miles o millones de años, deberían existir superficies desgastadas, suelos deformados y largos periodos de interrupción. Sin embargo, la Biblia describe una Tierra afectada por un juicio repentino y global (Génesis 7:17-19) no por procesos lentos y graduales.
La Escritura relata que en un momento específico fueron rotas todas las fuentes del grande abismo y que las cataratas de los cielos fueron abiertas (Génesis 7:11), cubriendo la tierra con aguas impetuosas (Génesis 7:19,20). Un evento de esta magnitud explica la rápida erosión y deposición masiva de sedimentos observada hoy en continentes enteros (Salmos 104:6-8).
Otro elemento clave es la presencia de fósiles en estas capas. La fosilización requiere enterramiento rápido, pues lo que queda expuesto se descompone. La Biblia declara que toda carne que tenía aliento de vida murió cuando las aguas del Diluvio cubrieron la tierra (Génesis 7:21-23), indicando una destrucción súbita y generalizada.
En muchos estratos se encuentran animales y plantas enterrados de forma repentina, algunos en posiciones que reflejan muerte inesperada o en huida. Esto concuerda con la descripción bíblica de un juicio repentino que alcanzó a toda la creación viviente (Génesis 6:13; Génesis 7:4).
También se han encontrado troncos de árboles que atraviesan varias capas sedimentarias. Si cada capa representara miles o millones de años, esos troncos no podrían haber permanecido intactos durante tanto tiempo. La Biblia describe una sepultura rápida producida por aguas poderosas que cubrieron y removieron la superficie de la tierra en poco tiempo (Génesis 7:18; Job 38:8-11).
Además, se observan capas dobladas sin fracturarse, lo que indica que los sedimentos aún estaban blandos cuando fueron deformados. Esto es coherente con una formación rápida bajo presión, y no con rocas endurecidas durante largos periodos de tiempo (Salmos 18:15).
La Biblia advierte que en los últimos tiempos muchos ignorarían deliberadamente este hecho, pasando por alto que el mundo antiguo pereció anegado en agua (2 Pedro 3:5–6), prefiriendo otras explicaciones en lugar del testimonio divino.
Las capas sedimentarias, los fósiles, los troncos que atraviesan estratos y la magnitud global de estos depósitos no cuentan una historia de evolución lenta y progresiva, sino una historia de juicio, destrucción y sepultura rápida, tal como lo revela la Palabra de Dios (Isaías 24:1; Nahúm 1:8).
La Tierra misma testifica que hubo un Diluvio real y global, y que la historia del mundo no es producto del azar ni de millones de años de evolución, sino del poder creador y del actuar soberano de Dios.
Recuerda que la mayoría no siempre tiene la razón.
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