La Biblia enseña que Dios es amor (1 Juan 4:8,16) y que no se complace en la muerte del impío, sino en que el hombre se vuelva de su mal camino y viva (Ezequiel 33:11). Sin embargo, también revela que el pecado tiene un poder real y destructivo (Romanos 6:23), capaz de alterar no solo la vida moral del ser humano (Mateo 15:19; Romanos 7:13), sino incluso el orden de la naturaleza creada (Génesis 3:17; Romanos 8:20-22).
Antes del Diluvio, la condición espiritual del mundo había llegado a un punto crítico (Génesis 6:5,11). La Escritura declara que la maldad de los hombres era mucha, y que todo designio de los pensamientos de su corazón era de continuo solamente el mal (Génesis 6:5). La violencia llenó la tierra, y la corrupción alcanzó a toda carne (Génesis 6:11,12). El Diluvio, por tanto, no fue la causa del mal, sino su consecuencia.
La Biblia muestra que Dios, en su misericordia, siempre advierte antes del juicio. Durante años, Noé fue pregonero de justicia (2 Pedro 2:5), llamando al arrepentimiento mientras se preparaba el arca (Génesis 6:13,14). Cada golpe del martillo era una invitación a la salvación. Cada día que pasaba era una oportunidad para elegir vida eterna o muerte eterna (Deuteronomio 30:19).
Cuando finalmente llegó el momento, no fue Dios quien arbitrariamente destruyó la tierra. La Escritura dice que fueron rotas las fuentes del grande abismo y que las cataratas de los cielos fueron abiertas (Génesis 7:11). El lenguaje bíblico muestra fuerzas naturales desatadas, no un acto directo de aniquilación. Dios permitió que aquello que había sido contenido fuera finalmente liberado (Salmos 81:11,12; Apocalipsis 7:1).
La Biblia enseña que Dios es quien sostiene y contiene las fuerzas de la naturaleza (Proverbios 30:4). Él manda a los vientos y les pone límites (Job 38:8-11). En el relato del Diluvio se afirma que Dios retuvo los vientos, y solo cuando la decisión de cada ser humano ya había sido tomada, permitió que estos actuaran (Génesis 8:1). Hasta ese momento, la misericordia divina había contenido la destrucción.
El cierre de la puerta del arca no fue un acto de rechazo, sino la confirmación de una decisión ya tomada por la humanidad (Génesis 7:16). Dios no forzó a nadie a perderse; simplemente respetó la elección de quienes rechazaron su llamado (Oseas 4:17).
El pecado, una vez liberado, tiene poder para desatar caos y muerte (Santiago 1:14,15). La Escritura afirma que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23), y que cuando el ser humano se separa de Dios, la creación misma sufre las consecuencias (Jeremías 4:23-26). El Diluvio fue la manifestación externa de una ruina espiritual interna.
Aun así, incluso en medio del juicio, la misericordia de Dios fue evidente. El arca fue levantada por las aguas, no destruida por ellas (Génesis 7:17,18). Dios preservó un remanente, mostrando que su propósito no era destruir, sino salvar a todos los que respondieran a su gracia (1 Pedro 3:20).
La Biblia advierte que este mismo principio se repetirá al final de la historia. Dios no destruirá arbitrariamente el mundo; Él permitirá que el pecado coseche plenamente su fruto cuando la humanidad haya tomado su decisión final (Apocalipsis 22:11,12).
Entonces, como en los días de Noé, la protección divina será retirada y las consecuencias serán inevitables (2 Pedro 3:6,7).
Así, el Diluvio no revela a un Dios cruel, sino a un Dios que respeta la libertad humana hasta el final, que contiene el mal el mayor tiempo posible y que solo permite que la destrucción ocurra cuando toda oportunidad de salvación ha sido rechazada (Lamentaciones 3:31-33).
La historia del Diluvio nos recuerda que el pecado no es inofensivo, que tiene poder real para destruir, y que la única seguridad está en permanecer bajo la protección de Dios, quien sigue ofreciendo hoy la misma invitación: entrar en el refugio antes de que los vientos sean soltados nuevamente (Isaías 26:20,21).
Recuerda que la mayoría no siempre tiene la razón.
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